domingo, 2 de diciembre de 2012

Ingrata FIL




Ricardo Salazar

Es obvio que habiendo unas 16 presentaciones de libros y eventos simultáneos se tiene que asumir que no se puede ir a todo y que habrá algunos que se contrapongan con otros, pero no deja de ser terrorífico descubrir que la feria es un mounstruo con vida propia que es capaz incluso de manejar la agenda de uno.
Semanas antes de su inicio, la feria adelanta su programa, entonces uno le pone una estrellita a los eventos y escritores que a le interesa ver. Si es clavado hasta los puede vaciar en un documento en el que los va poniendo en orden.
Luego, conforme se acerca la feria uno entra en contacto con las agentes de prensa de las editoriales –cosa extraña, todas son mujeres- y agenda entrevistas con los autores que interesan, los que traen de novedad. Entonces, trata uno que esas entrevistas no se crucen con los eventos que previamente habían despertado interés.
Conforme se acerca la feria, los medios definen sus cronogramas y establecen flujos de foro o de post producción, si son tele o de cierre, si son impresos. Entonces resulta que uno tiene que entregar, notas, columnas u lo que se ofrezca a ciertas horas. Y ahí la cosa se empieza a complicar, porque esas entregas se cruzan por poquito o por mucho con lo que uno quiere ver. Entonces, ni modo, uno convierte las estrellitas en tachones con nostalgia y un poco de coraje por lo que se quedará con las ganas de ver.
Queda el consuelito de que sigue habiendo algunos eventos originalmente marcados a los que la agenda sigue permitiendo ir.
Y entonces comienza la feria, se activa su poder cambiagendas y todo vale pito, porque las entrevistas que se programaron a una hora, se mueven, de lugar y de hora; al medio para el que uno trabaja se le ocurren bomberazos, o las máquinas fallan y las cosas no salen a tiempo. Y para colmo hay cambios de última hora en el programa o se agregan cacasgrandes que uno no puede dejar de entrevistar o cubrir, porque resulta que todos los que vienen son rete chingones y uno no puede no tenerlos.
Y es así que llega el viernes y uno descubre que en siete días, en siete malditos días la feria le manejó la agenda a uno a su antojo y que uno no ha visto nada de lo que le interesaba. Entonces es inevitable exclamar para sus adentros: ¡mingada chadre!

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